La tristeza del odio político

Cada vez me duelen más los ojos de ver la animosidad con que muchas personas escriben respecto a su “enemigo” político o social. Y no hablo solo de los actores políticos entre ellos, esta actitud se hace eco en toda la sociedad, instalando una retórica sin dialéctica, donde la única salida es el enfrentamiento, sin posibilidad de síntesis.

Me expreso porque te odio y lo demás no importa.

Yo entiendo y apoyo la expresión de ideas políticas divergentes, me parecen fundamentales para el crecimiento y progreso social, donde el intercambio de opiniones contribuye a incorporar nuevas dimensiones al debate, enriqueciéndolo y desarrollándolo. Pero cada vez más, tanto desde el mundo político como del social y, quizás más grave, del académico, nos encontramos con opiniones que no buscan el diálogo pero el mero enfrentamiento, basado muchas veces en preconceptos.

Y si, es una técnica antigua y válida, en tanto que técnica intermedia, pero lo que vemos ahora es que se utiliza como fin y no como medio. Esto es así porque las opiniones no son: el mercado debe liberalizarse por completo, versus la economía planificada. No, hoy en día el discurso ataca personalmente al interlocutor, denigrándolo con términos de lo más nocivos, cuyo mayor objetivo es deslegitimar y agredir, y donde la propuesta pasó a un quinto plano, si es que está presente.

En Argentina -que no es un caso aislado, pero si un buen ejemplo- se lo ve en todos lados: en los discursos políticos, en la carta a Maradona de Ceriani, en la columna de opinión sobre Argentina de Cohen, en los comentarios en redes sociales y en la calle, se ve en todos lados y desde todos lados! No se trata del gobierno atacando frenéticamente a la oposición, ni de ésta recurriendo a su última arma contra el gobierno, ni de periodistas informados haciendo un análisis profundo, se trata de una nueva forma de hacer política y de interactuar socialmente.

El odio que impide el diálogo no solo es tóxico para la sociedad donde se lo instala, es ante todo triste! porque habla de una sociedad que no se quiere escuchar.

Es cierto que las sociedades son influidas por el ejemplo, y que mucho de ésto se lo debemos a los medios de comunicación y a la clase dirigente, pero ello no nos excusa de nuestro rol en esta historia. El ejemplo influye pero no obliga, y debemos retomar conciencia de en qué tipo de sociedad queremos vivir, porque depende en gran parte de nosotros el formarla.

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