¿Qué ocurre cuando no votamos?

Tanto en sistemas de voto voluntario como obligatorio, hay una proporción de la población que opta por no votar. Este grupo esgrimen diversas razones para no votar, muchas de ellas válidas, pero la consecuencia de su accionar a veces los elude.

El no votar es votar a favor del ganador.

Esto es muy simple de explicar, si los que votásemos fuésemos 4, 2 votan por “A”, 1 vota por “B” y 1 no vota, en realidad quien no votó decidió la elección a favor del candidato “A”. Si lo hubiese votado directamente nada hubiese pasado, pero si hubiese votado a “B”, la elección estaría empatada. Cuando no se vota, se está limitando la capacidad de la oposición de empatar la elección.  Esto es independiente de si se vota en blanco, se anula o no se concurre a las urnas. Es cierto, esas tres figuras tienen efectos distintos sobre los porcentajes, lo cual podría afectar a la elección en última instancia, pero el principio se mantiene: el no voto es un voto por la mayoría (sea ésta del partido que sea).

Existen diversas razones para no votar, pero las más frecuentes son tres: (1) no estar de acuerdo con el sistema, (2) no estar de acuerdo con ningún candidato, y (3) asumir que el voto de una persona no cambia nada.

En el primer caso el no voto se debe a una postura respecto al sistema mismo en que se vive y a su funcionamiento. En tanto que se puede entender la negativa al voto, resulta difícil de  asumir que las ideas no estén representadas por ningún sector político, por minoritario que éste fuese. Otra alternativa es cuando un sector político decide no acudir a las urnas por política, pero no recuerdo ningún caso histórico (lo cual no quiere decir que no exista) donde esto haya ocasionado un efecto favorable, ya que la elección fué simplemente ganada por la postura contraria, la cual gobernó sin ningún inconveniente. No se votó y no se consiguió nada.

La segunda razón es que ningún candidato representa al votante. Si bien es posible que ningún candidato cumpla con todas las expectativas (ya sea porque las propuestas no son claras, no son concisas o simplemente no son las que se quisiese), esperar que un candidato reúna todas las cualidades deseadas es, en cierta forma, una utopía. Muchas veces las elecciones son entre la mejor alternativa disponible o la “menos mala”, el no votar es no enfrentar el problema y esconder la cabeza.

El tercer argumento es que el voto no pesa. A excepción de que se esté frente a una elección totalmente arreglada, se trata de un concepto errado. Es errado a nivel nacional, debido a que el resultado electoral es la suma de los votos; un voto solo no importa, pero es ese voto en sumatoria con los demás de su facción los que van a hacer la diferencia. Esto es todavía más errado a nivel municipal y provincial, como lo demostraron los casos de Puerto Madryn y Chubut en las elecciones de 2011, las cuales se definieron por solo decenas de votos.

Obviamente hay matices en cada argumento y el debate es mucho más profundo de lo aquí presentado, pero en definitiva, en sistemas democráticos representativos el voto es la única instancia en que los ciudadanos pueden expresar su opinión y exigir que se respete su punto de vista. El sistema no es perfecto y su funcionamiento fluctúa de país en país, pero aún así es la única instancia en que se le consulta a toda la población respecto de su parecer en la política.

El no votar es una elección es respetable, pero que no exculpa al no votante del resultado de la elección, en última instancia esa persona votó al ganador y debe asumir su responsabilidad en ello.

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