Los hijos del Estado Nacional

Hace ya unos meses dio vueltas por internet un video del presidente uruguayo “Pepe” Mujica, en el cual el mandatario se dirigía a otros jefes de Estado reunidos en la  Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) realizada en Chile a principios de 2013.

Mujica nos tiene acostumbrados a una forma de ser que se diferencia siempre de la gran mayoría (y quizás de la totalidad) de los presidentes, pero no fue eso (o al menos solo eso) lo que llamó la atención en ese discurso. Mujica estaba hablando de la integración regional que suponía la concreción de la CELAC, y para hacerlo pronuncia una frase memorable:

“Eso anuncia (…) un grado de unidad del mundo, que no podemos ni siquiera soñar los hijos del Estado Nacional” (minuto 5:20)

Es una verdad tan simple y pura, que podría pasarse por alto, pero que es una piedra fundamental del posible cambio de mentalidad que está ocurriendo, y como él mismo dice “lo que se está viviendo hoy no tiene antecedentes en la historia de América Latina” (minuto 2:45).

La clave de la frase no es el grado de unidad, es que quienes no lo podemos concebir somos los “hijos del Estado Nacional”, de esta estructura socio-política en que está organizado el mundo. El surgimiento de este tipo de organización se dio en Europa y bajo impulsos bélicos y económicos, fue necesario organizarse. Dicha estructura resultó funcional y se exportó a los demás confines del mundo, generando conflictos de movilidad en lugares como África, y dividiendo pueblos que habían luchado juntos por su independencia en lugares como América Latina.

No nos confundamos, no es que ahora vamos a dejar de lado a los Estados porque tenemos un nuevo entendimiento de la raza humana y porque ‘somos todos hermanos’, lo que ocurre es que ya no nos alcanza con el Estado para defendernos, y “el rescate de nuestros intereses nos obliga a pasar por encima de nuestras diferencias” (minuto 6:40). No obstante, el cambio parecería estar ocurriendo y el problema reside en que quienes debiésemos ser artífices sus artífices no logramos siquiera comprenderlo.

Los hijos del Estado Nacional somos todos (o casi todos). Todos pensamos en código de este país o aquel país, todos diferenciamos por nacionalidades, todos hablamos de las monedas o los idiomas de otros países. Todos nos comparamos con nuestros vecinos. Eso no es necesariamente bueno o malo, pero es propio de la cultura en la que nacimos. Allí lo maravilloso de la frase de Mujica: el grado de unidad al que parece que tendemos (más por miedo que por virtud) no lo logramos comprender, no porque no queramos, pero porque no fuimos educados para comprenderlo.

El punto de todo esto es que, si realmente deseamos dicha integración, al menos en América Latina, la clave reside en que quienes nos sigan logren pensar en otros códigos y sean, en cierta forma, un poco más huérfanos de su Estado y adoptados de su región.

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