Donde la torelancia se vuelve segregación, o no

Crecí en un país federal, donde la mayoría de las personas se identifica fuertemente con su provincia o región. Es cierto que la ciudad es lo primero y que después nos debatimos entre si somos Chubutenses o Patagónicos, pero lo cierto es que el federalismo nos permite tener cierto grado de identidad regional, lo cual nos da riqueza en la diversidad. Y si bien el pasado argentino refleja grandes luchas entre las provincias, particularmente contra el centralismo de Buenos Aires, dichos conflictos se dieron por cuestiones de índole político o económico, y no tanto porque se temiese que las características del pueblo de una provincia primasen sobre las características de las otras. No obstante, son varios los países donde la función del federalismo es orquestar la coexistencia de diversos grupos de distintas étnicas o nacionalidades, siendo Canadá el caso más típico.

La paradoja en esos países, y la gran pregunta en los estudios actuales del federalismo, es hasta qué punto el sistema federal permite la coexistencia, y en qué momento pasa a perpetuar las diferencias.

El argumento es bastante simple: si le estamos diciendo a algunos grupos de personas que son distintos y que el sistema está para que se les permita el ser distintos, ¿no termina ésto incitando al sentimiento secesionista y a la auto segregación? Por otro lado, la alternativa no pareciese ser mejor: imponer una “cultura e identidad nacional” eliminando las diferencias internas. Lo segundo ocurrió en la gran mayoría de los países latinoamericanos, donde los aborígenes (que eran más de un pueblo, cada uno con una riqueza cultural propia) fueron sometidos al modo de pensamiento, organización social y cultura del grupo dominante, en una dinámica de “civilización o barbarie” que condujo a hechos bochornosos como el genocidio, ridículamente conocido como “Campaña del Desierto”, en el centro-sur de Argentina.

Puesta en dichos términos la paradoja no tiene solución, porque se enfrentan la alienación de culturas con el desmembramiento territorial, social, económico y político. Como es normal en estas situaciones, la salida no es cortar por la mitad sino pensar un poco fuera de los parámetros en los que se dio la discusión: la construcción de una identidad de país no es la suma de las partes, sino que es eso y algo más. En dicho ideario, todos los componentes tienen que sentirse reflejados en lo propio, pero también en lo compartido. Un país federal no debiese ser solo la suma de sus partes, a eso hay que agregarle un factor compartido que sea lo que mantenga a las partes unidas. El sistema federal es un tipo de organización política, no un constructor de identidades.

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