Corrupción social

Esta idea surgió el otro día en una charla… surgió como si se tratase de un comentario más, como si su relevancia dependiese solo del todo de la dialéctica empleada. No obstante, el concepto se detuvo unos momentos en mis oídos y dejó caer la ficha de algo, que si bien pareciera una verdad de perogrullo, una simple afirmación de un hecho evidente al ojo humano, tiene connotaciones que ameritan profundizar.

La corrupción, pandemia gubernamental latinoamericana, cancer de nuestras democracias, tiene una segunda hermana olvidada, y es que para que exista, no necesita solo de corruptibles, sino también de corruptores! Esta afirmación, nuevamente evidente, acarrea un mensaje tácito: el problema no son solo ellos, somos también nosotros.

Los corruptos no aparecen por mera voluntad propia, puede que, como afirman varios teóricos, deba parte de sus causas a los bajos salarios, o a que las penalidades son pocas o inaplicables; pero la realidad es que solo puede hacer funcionarios corruptos, en sociedades que estén dispuestas a pagar para que sus empleados públicos no hagan las cosas como se tienen que hacer.

Respuestas  a esta idea las hay en varios sentidos, una de las más frecuentes es que no son las sociedades sino los grupos empresariales o las personas con “poder” (léase capacidad económica) las que corrompen; pero aquí lo que se está haciendo es pensando que estos grupos y estas personas, son extrañas a la sociedad, cuando en realidad son tan parte de ella como cualquier otro individuo.

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